domingo, 28 de diciembre de 2008

CAPÍTULO SIETE: La Torre de Cristal

Yahaan no se reponía de su pena, Nuein no volvía a en si aunque los dolores habían pasado, pero al menos ya eran libres y tenía un pequeño lugar escavado en la piedra para quedarse. Todo en ese lugar era rústico y la vejez del líder no ayudaba mucho al progreso del pueblo, que se llamaba Visinar.

Los hermanos eran mirados con respeto por su aspecto distinguido y por la extraña forma en que habían llegado. Yahaan era reacia a revelar su pasado. Pasaba largas horas cuidando a su hermano y a ratos compartía con las mujeres enseñándoles sus artes, a preparar perfumes, a cuidar lo alimentos, a confeccionar nuevos vestidos e incluso les contaba historias y cantaba canciones que hacían que el tiempo transcurriera con mayor suavidad y sigilo. Tal era su carácter, que pronto se ganó el amor de la gente de Visinar. Pero mientras su hermana ganaba fama, Nuein vagaba en profundos y cálidos sueños, e inconscientemente colocaba sus manos en la piedra, como tratando de hundir sus dedos en ella, y fue así que aprendió a escuchar a la madre tierra, y la madre tierra le reveló los secretos de la montaña y el arte que moldeaba esos secretos.

Un día finalmente Nuein despertó y en sus ojos brillaba un fuego nuevo, parecía más fuerte y decidido, y las personas comprendieron que era un signo de divinidad.

Los habitantes de Visinar conocían los metales y los usaban para sus rústicas armas, pero lo que Hein sabía nadie más lo sabía, así que juntó muchos hombres y excavaron profundo, encontraron nuevos minerales y realizaron nuevas aleaciones. Y cavaron nuevamente y brotaron las piedras preciosas. Y Nuein enseño a todos los que se le acercaban la forma de trabajar los metales, y con el tiempo los hermanos se convirtieron en los señores de Visinar y los hombres se reunían alrededor de su mesa.

Los hermanos consiguieron la amistad de los ingeos del bosque, en parte por su carácter afable y bondadoso y en parte por las hermosas joyas que fabricaban. Y fue así que que la fama de los hermanos creció tanto que su gloria llegó hasta las costas que los vieron crecer, a oídos de su hermano menor Saein y de su tío Emerein, hermano de su difunto padre, Hein.

A la muerte de Hein, producida por la pena de la pérdida de su esposa y el exilio de sus hijos más queridos, Emerein se volvió poderoso y contra su naturaleza se volvió ambicioso y siempre miraba las estrellas tratando de adivinar el porvenir.

La buena fortuna de los hermanos no causo gracia en Saein y Emerein. Pues veían que su propio pueblo no progresaba y en cambio su amor por la vida había menguado desde la partida de los dos jóvenes humanos. Así que Emerein convenció a los ingeos que le eran fieles de construir una gran torre que fuera el orgullo de su pueblo, le diera fama y le permitiera estar más cerca de el cielo que tanto anhelaba. Y fue así que acabada la torre todos los ingeos se reunieron y se admiraron cuando Emerein coronaba la torre con su más grande invento, los cristales que le permitían ver muy lejos hacia las profundidades del cielo. Y la llamó la Torre de Cristal.

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