Cubiertos por el velo de la lluvia, volvió Shahaan junto a su marido y su nueva familia, y los ingeos que los creían perdidos los recibieron como héroes y desde entonces su casa se lleno de fama y se inventaron canciones sobre su hazaña y sobre los pequeños niños humanos, cuya belleza y calidez los cautivaba. Yahaan se llamó la niña y Nuein el niño y a todos causaban admiración, porque su forma de actuar era más inquieta y alegre que la de los niños ingeos.
Al poco tiempo ocurrió algo que nadie esperaba, y fue que Shahaam advirtió que iba a tener un hijo, de su propia sangre, lo que la llenó de amor y felicidad, pero este gozo no fue suficiente para salvarla de un parto difícil, de modo que ese día la tristeza embargó a los ingeos y el corazón de Hein se rompió en mil pedazos, por lo que el nacimiento del niño Saein estuvo cubierto por la amargura.
Con el paso de los años Saein fue creciendo, siempre con el estigma de la muerte de su madre y a la sombra de sus hermanos mayores, que no sólo lo superaban en fama sino también en gracia. Finalmente un día, superado por sus celos, Saein obligó a su padre a que expulsara a sus hermanos, lejos de él, a lo que Hein accedió, pues conociendo a su hijo de sangre, quería evitar que este siguiera acrecentando su odio, pues sospechaba como todo podía terminar. Por lo que fue así que Nuein y Yahaam partieron así las montañas, llevándose con ellos el amor de los ingeos, con la falsa misión de ir a descubrir nuevas tierras.
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