El camino de Yahaan y Nuein no era difícil de seguir pues no tenían uno. Sólo tenían claridad de que debían alejarse de las costas y buscar siempre terrenos más altos. Pese a todo era una tarea apropiada para sus 21 años de vida, pues podían resistir largas marchas y siempre se admiraban con la vastedad del mundo. En su camino se alimentaban de los frutos que le entregaba la tierra y nunca pasaron hambre hasta que llegaron a un profundo y silencioso bosque en los faldeos de una larga cordillera que hace tiempo habían decidido como destino.
Nuein siempre había amado los árboles al igual que su hermana, por lo cual adentrarse en el bosque no molestó, sin embargo Yahaan no se sentía a gusto, y a medida que transcurrían los días y las frutas que había recolectado antes se acababan, comenzaron a pasar hambre y sed y empezaron a temer.
Nuein, creo que debemos volver cuanto antes
Tú sabes que ya no tenemos casa y además en los bosques no hay maldad, sólo hemos tenido mala suerte- le respondió a Yahaan.
¡Pero Nuein, acá hay especies, que afuera de este bosque siempre están llenos de esas pequeñas frutas y cerezas, pero las que encontramos acá no dan nada!
Nuein sabía lo que quería decir su hermana y también sabía que eso no era natural, pues cuando Yahaan se había adelantado en el camino aprovechó de revisar mejor los arbustos y se dio cuenta de que alguien los había recolectado. Sus temores se acrecentaban en la noche pues escuchaba conversaciones que parecían crujidos a lo lejos pero siempre alrededor. Sabía que algo andaba mal.
Un día la fortuna dejó de serles esquiva por un momento, y encontraron por fin alimento. Como si un único vástago de la tierra los amase y les diese sus regalos. Y más allá, en medio del bosque, encontraron lo que más anhelaban, agua, un hermoso estanque, quieto y cristalino, de aguas frías por la cercanía de la montaña. El primero en beber fue Nuein, y lo hizo largamente y luego comenzó a hacerlo Yahaan, pero su hermano no tardó en caer abatido de cara al lago, por lo que tuvo que rescatarlo como pudo.
Nuein estaba inconsciente pero aún en ese estado se le veía sufrir, Yahaan sin embargo, no había perdido el sentido pues no alcanzó a beber mucho, pero el dolor era evidente en su cuerpo y debió descansar esperando que este pasara y que su hermano se reincorporara. Al caer la noche Yahaan se sobresaltó pues la despertaban con brusquedad, creyó que era su hermano pero en cambio vio un ser de rasgos largos y duros, de apariencia verdosa y de piel áspera como la corteza de uno de los tantos árboles de la espesura. Su nombre era Jerkrej.
Jerkrej era un ingeo, que había vivido junto a su pueblo en ese bosque desde hace mucho tiempo. Su pueblo se había hecho parte del bosque y lo resguardaban. Estos ingeos conocían el mal del hombre y le explicó a Yahaan que ellos se había encargado de privarles del alimento para desalentarlos y que se fueran, sin embargo a él no le parecía que los hermanos fueran malos y había faltado a su labor y no había limpiado uno de los arbustos, para que ellos pudieran comer y no desfallecieran. Yahaan le agradeció mucho pero aún se mantenía preocupada por la salud de su hermano que incluso en sueños se retorcía del dolor. Lo que Yahaan no sabía era que Jerkrej hacía esto por amor hacia ella, pues él había sido el primero en ver a los hermanos llegar y había sido cautivado por su gracia y belleza, sin embargo, él no podía hacer nada para mejorar a Nuein del envenenamiento, pues sólo los sabios de su pueblo conocían el secreto, y el aún era un ingeo joven.
Luego de charlar Jerkrej tomó a Nuein sobre sus anchos hombros y lo cargó hasta el final del bosque, pues sabía que la vida de su amada corría peligro si permanecían ahí, aunque él también sabía que ya no podría volver pues se había convertido en un traidor. De esta forma el joven ingeo los llevó por entre los secretos caminos de la montaña hasta donde vivían los hombres, el pueblo de las nubes, que había sobrevivido a la cólera del diluvio. Sin embargo los tres fueron emboscados y Jerkrej perdió su vida a manos de un grupo de vigilantes que lo tomaron por una amenaza, y ni las lágrimas de Yahaan pudieron revivir a su salvador cuyo cuerpo veía perderse en la lejanía, mientras era llevada en custodia junto a su hermano, hacia el último pueblo de los humanos.
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