Hubo ingeos llenos de melancolía cuyos corazones se resistían a la idea de abandonar las aguas que los habían visto nacer. Estos igneos amaban la costa, pues sentían que ahí conseguían estar en contacto con todas las maravillas de la naturaleza. Y estos igneos además debían de cuidar de su siempre abundante descendencia.
Ocurrió un día en que Hein y Shahaan, novio y novia, contrajeron matrimonio, coronando sus frentes de pequeñas flores que se abrieron en todo su esplendor como bendiciendo su amor, por lo que todos supieron que aquellos ingeos no serían como los demás y que serían grandes. Pero la fortuna fue esquiva con Hein y Shahaan, pues aunque Hein era capaz se hacer brotar la más marchita semilla, no conseguía hacer florecer en Shahaan la luz de la vida.
Existía también otra ingea, de largos años, costumbres solitarias y vaporeos cabellos. Su nombre hace mucho tiempo había sido olvidado, pero en esas ocasionales veces que hablaba con alguien, se hacía llamar a si misma “quien escucha a la madre tierra”, y tal era su condición que predijo un día la visita de Hein y Shahaan, y así ocurrió.
Sentada bajo el más viejo árbol que hubiesen visto se encontrada la ingea, con sus largos y delicados dedos hundidos en la tierra como si fueran raíces y desde esa posición los miraba. Shahann rompió en llanto y Hein se sintió avergonzado, pero quien escucha, que conocía el camino que debían seguir, los envió hacia el mar, advirtiéndoles del peligro pero que sólo ahí encontrarían la felicidad. Y para despedirlos sacó una de sus manos de la tierra y le entregó a Shahaan un pequeño y enfermo brote para que ella lo cuidara.
Ante la congoja del pueblo ingeo, sus amados Hein y Shahaan partieron hacia su destino, a través del mar que antaño los vio nacer, pero que ahora los rodeaba celoso y traicionero. Casi un año habían viajado, y a pesar de que sus cuerpos se sentían desfallecer, Shahaan había cumplido su promesa y había cuidado el pequeño brote, que había cobrado nuevo vigor y su corteza se tornaba de un hermoso color plateado que parecía hacer más brillante la luz del sol. Y así fue como en el último de sus esfuerzos, llegaron hasta un lugar en que el oleaje era suave y acompasado y comprendieron que aquel lugar estaba custodiado por el poder de la madre tierra, pues no era otra cosa que los restos del ser primogénito, aquel bello árbol pionero que era el amor del cielo y de la tierra. En ese lugar se reconfortaron de su cansancio y supieron que ese sería el hogar del brote que Shahaam cuidaba, y al desprederse de él sus ojos vieron lo que jamás habían visto, como un hechizo aparecieron ante sus ojos dos pequeños bebés humanos, niño y niña, que la madre tierra había salvado del gran diluvio, muchísimo tiempo atrás, de la mirada del cielo inquisidor y del paso inexorable del tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario