lunes, 5 de enero de 2009

CAPÍTULO TRECE: Nuein y el Cielo

Felnianer, Mirien y Jamien habían encontrado lo que querían pero el invierno las había debilitado y estuvieron a punto de morir, si no fuera porque Nuein a la distancia también las había visto y al enterarse de eso Bashoo partió en su búsqueda, junto con otros hombres y animales, y las rescataron de la nieve.

Una vez que las jóvenes estuvieron repuestas, Nuein se enteró de la suerte de su hermana y sufrió amargamente. En toda la ciudad se comenzó a vivir el luto por la reina y se contaba por todos lados su valor heróico. Sin embargo aunque grande era su pesar, Nuein tenía otros problemas, el principal de ellos era el gusano que había enviado el Padre Cielo y que no les permitía viajar a Visinar, no sólo por la devastación que esa criatura causaba un poco más al sur, sino porque los ingeos que vivían bajo la tierra atacaban ferozmente a los hombres que intentaban cruzar sus territorios, pues los culpaban por el castigo del Cielo que arrasaba con sus cavernas subterráneas y agujeros.

La ciudad que Nuein había fundado recibía por nombre Arig-Vei y se encontraba en un planicie atravesada por un copioso río, más al norte se levantaban tímidos cerros, pero lo que más llamaba la atención era una altísima roca algo sedimentada, sobre la cual Nuein había construido un lugar de descanso y meditación, desde el cual por suerte había visto a las muchachas venir a lo lejos, como hormigas caminando sobre una loma de azúcar. Nuein además había protegido la ciudad con una empalizada pues temía por su gente y por él mismo, aunque sabía que si algún día era atacado no sería por sobre la superficie, sino más bien por debajo de sus pies.

Desde su lugar de descanso en Arig-Vei, Nuein intentaba conversar con el Cielo buscando explicación por la tragedia de su hermana mas no venganza, mientras que el Cielo, que nunca le respondía pero que lo miraba día y noche con atención, se daba cuenta de su error y de que realmente Nuein era un persona noble y digna de confianza y nunca un asesino ni un blasfemo.

Sucedío un día, cuando el invierno por fin daba paso a la primavera que uno de los grandes miedos de Nuein se hizo realidad. Desde lo alto de su refugio Nuein alertó a su pueblo y a pesar del miedo todos quisieron luchar y nadie se escondió. Fue así que mientras Nuein bajaba a defender su ciudad, un enorme temblor remeció la tierra y cayó rodando por la ladera rocosa. Sin embargo Nuein era fuerte y se levantó y pudo ver fijamente al gigantesco gusano que el Cielo había enviado para matarlo. El monstruo, al sentir que por fin había encontrado su presa, se abalanzó tenazmente sobre él e intentó tragarlo, pero la gente de Arig-Vei que era muy fiel a su Rey, clavó sobre la bestia una infinidad de lanzas, cuchillas y flechas. Y aunque el gusano se bamboleaba herido de muerte, había conseguido arrancarle el brazo izquierdo y algo del hombro a Nuein, quien se desangraba sobre la arcilla de su ciudad.

El Cielo, consternado por su propia vileza y muy arrepentido por lo que le sucedía a Nuein, tomó la forma de una gran ave de blanco resplandor y antes de que el Rey muriera lo levantó de la tierra y lo llevó muy alto, hasta su estancia perdida entre las nubes y las estrellas en donde se reconciliaron y Nuein vivió por siempre.