domingo, 28 de diciembre de 2008
CAPÍTULO DOCE: Los Ojos de Felnianer
Felnianer por su parte sufría amargamente pues extrañaba a Bashoo y no entendía porque él no se comunicaba ni le enviaba ningún mensaje, pues si bien ella desconocía los caminos que había recorrido Nuein y su comitiva, el camino de regreso debía ser bien conocido para ellos, por lo que podrían haber enviado noticias.
Hace tiempo ya que Felnianer había dejado de mirar al cielo, pues luego de lo ocurrido con su Reina, le parecía cruel e injusto, sin embargo estaba tan descorazonada que un día volvió a hacerlo y avocó mucho tiempo a aquello, y aunque sentía que cada vez lo veía con mayor claridad, necesitaba alcanzar cumbres más altas, trepar más cerca del cielo, necesitaba buscar más allá de Visinar. Fue por ello que un día, junto a la compañía de sus dos amigas más cercanas Mirien y Jamien, emprendieron el viaje.
Mirien y Jamien eran dos hermanas que habían crecido junto a Felnianer y la querían mucho y no habían querido dejar partir a su amiga sola y por eso, aunque no comprendían del todo sus propósitos, decidieron acompañarla. Mirien era la más joven de ambas pero la que estaba más acostumbrada a salir pasear, pues ella siempre se había sentido intrigada por los seres que custodiaban el bosque y pensaba que lo que le había ocurrido antaño a la Reina era muy romántico. Jamien por su parte era una muchacha tranquila y más preocupada de su casa y sobretodo de su hermana, y siempre peleaban por las locuras de Mirien, como la vez que su hermana menor se había ganado un chichón tratando de caminar por los troncos de los árboles, de la forma en que ella creía lo hacían los ingeos del bosque.
La única preocupación de Felnianer, durante todo ese tiempo, era la de buscar las cumbres más altas y de escudriñar el cielo en la noche, pues sus ojos, que se había vuelto muy claros, ya no conseguían mantenerse abiertos de día pues sentía que la luz del sol le hacía daño, y por eso Miriem debía llevarla de la mano mientras Jamien las diriguía adelante, tratando de buscar un camino que las llevara hacia donde su amiga le había indicado que debían ir. Pero el invierno comenzaba a hacerse presente y comprendieron que pronto deberían bajar de las montañas, pero mientras en la mente de Jamien circulaba esta idea, Felnianer descubrió la cima que habían andado buscando y no hubo quien pudiera contradecir su determinación por alcanzarla.
Tras varios días de penurias Felnianer y Mirien alcanzaron la nevada cumbre, mientras que Jamien cuidaba del improvisado campamento un poco más abajo. No hubo necesidad de que Felnianer mirara al cielo, pues desde ahí sus ojos le mostraron lo que buscan, a lo lejos cientos de pequeñas llamas que desde niña había visto solamente nacer de manos de su señor Nuein, así que más que nunca sintió que su corazón se llenaba de esperanzado amor.
CAPÍTULO ONCE: La Maldición del Padre Cielo
Encaramado en su torre una noche sin nubes y ayudado por sus innumerables cristales, Emerein invocó al Padre Cielo y contra todo pronóstico, éste le respondió.
-¡Oh Padre Cielo protege a tu sirvo de la maldad de los humanos! – clamó Emerein.
-Pequeño señor de la torre, no deseo interferir a favor de ninguno de ambos, pues ambos sois mis hijos, ingeos y humanos. Y además éstos ya han sufrido suficiente por mis manos – contestó el Cielo.
- Pero padre, los humanos ya no son tus hijos, pues te han traicionado y te llaman el Demonio de las Alturas, y sólo reconocen como divinidad a la Madre Tierra.
Las palabras de Emerein encontraron sentido en el pensamiento del Padre Cielo, que aún sentía rencor por haber sido engañado por la madre tierra y porque habían quedado humanos que resistieron su ira. De esta forma el cielo se retiró sabiendo que los días de los hermanos, que creía paganos, estaban contados.
Ocurrió que un día cuando el sol estaba en lo más alto llegó Yahaan junto a su ejército, a las cercanías de la Torre de Cristal y pidieron reivindicación por el atentado en su contra, pero lo único que obtuvieron fue la risa burlona de Emerein.
- ¡Qué es lo que vienes a buscar a mi casa, Yahaan reina de asesinos y paganos! – gritó Emerein.
Y antes de que Yahaan respondiera el Cielo se pronunció y arrojó las poderosas flamas del Sol a través de los infinitos cristales de la torre y fueron a dar contra la reina, que cayó herida. Pero Yahaan que era astuta y comprendiendo la conspiración de Emerein, supo que debía acabar con la amenaza de la torre. Por lo que con grandes esfuerzos recurrió a su única esperanza, Sophos, lo intentó levantar con una mano mientras que con la otra, en la tierra, le pidió a la madre y a Bashoo que le permitieran usar su poder, y el corazón de Bashoo que a la lejanía presentía lo que sucedía, se lo permitió. Fue así que como el más espantoso y glorioso de los rayos, el poder de Sophos se manifestó y golpeando el suelo de forma aterradora envió su estruendo contra la torre haciendo que su cúpula hecha de cristales colapsara y explotara cortando muchas veces a Emerein, causándole la muerte, justo en el momento en que Yahaan, envuelta en las llamas y con Bashoo destrozado daba también su último suspiro.
Tal fue el enojo del cielo al haber sido desafiado por aquella reina humana y contra la tierra que todo su odio tomó forma y se manifestó en una gigantesca criatura, ciega como la ira, que con su cuerpo de gusano y sus millones de dientes, se precipitó contra la tierra devorándola y partió en búsqueda del Rey que permanecía vivo.
A la muerte de Yahaan, el pueblo Visinar se retiró de vuelta a las montañas, enlutecido, pero orgulloso del valor de su Reina. Aún estaban tan dolidos que no se percataron del terror que perseguiría desde aquel día a Nuein. Sin embargo, el espíritu de los ingeos estaba ofendido, pues aquellos humanos habían destruido una de sus grandes obras y su mayor orgullo, la Torre de Cristal.
CAPÍTULO DIEZ: La división de la Casa de las Nubes
Ya antes habían llegado rumores sobre las malas intenciones de Saein y de tu tío, pero Yahaan no les había prestado atención. Ahora para ella todo era muy claro y no descansaría hasta ver desplomarse el poder de esa corrupta familia.
Tal fue la importancia que alcanzó el asunto que comenzaron a provocarse acaloradas discusiones entre los partidarios del Rey y los de la Reina, que al fragor de las palabras terminaban en golpes y amenazas.
Nuein y Yahaan supieron entonces que el camino que debían seguir iba por senderos separados. Y fue así que Nuein partió al norte, a la sombra de la montaña junto a las familias que lo apoyaban y Yahaan se quedó con el resto en Visinar. Y así ocurrió que al despedirse los hermanos, hubo gran tristeza pues nunca habían estado separados, y como Nuein sabía que su hermana iría a la lucha, le entregó la obra de Bashoo, el martillo Sophos. Yahaan le agradeció, aunque no quiso intentar levantarlo, porque ella parecía comprender el misterio de Sophos y a su vez Bashoo no se veía conforme con lo que había hecho su padre, además que veía como su novia, de ya un par de años, decidía quedarse con la Reina, convencida de lo efímera de la separación de los hermanos. Su nombre era Felnianer, cuyo nombre significaba amor al cielo.
Felnianer y Bashoo se habían enamorado y pretendían contraer nupcias, pero todo el problema con el intento de asesinato contra los reyes los había hecho tomar la decisión de posponer la fecha. Ellos se habían conocido cuando, un día de cielo claro, Bashoo la encontró mirando hacia lo alto, recostada sobre un manchón de pasto, y sin decirle nada se quedó junto a ella descansando y tratando de descubrir que era lo que pensaba con tanta insistencia, pero sin decirle nada. Eso mismo ocurrió varias veces más, hasta que Bashoo le preguntó al fin su nombre y Felnianer se lo dijo y le explicó que alguna vez quisiera comprender al cielo, por que desde arriba todo se ve y el cielo podría decirle muchas cosas y ya no tendría dudas ni temores. Bashoo le sonrió inocente de lo que en el futuro significarían estas palabras.
CAPÍTULO NUEVE: El concilio de los hermanos
El plan de Saein sólo era conocido por su sirvienta de más confianza, casi de la misma edad que el, que lo había acompañado durante su vida y lo había acompañado en los días en que su dolor era amargo. Simnarid era su nombre, y los años habían hecho que amara al ingeo que era Saien. Y aunque mucho lo amaba, su amo no lo sabía. Y aunque mucho lo consolara, no le gustaba la idea cruel y violenta que pretendía realizar Saien.
Por su parte los reyes de la montaña estaban ilusionados con el reencuentro con su hermano menor, y se sentían felices de que pudiera existir unión desde las costas hasta las altas cumbres. Fue así que bajaron los reyes al encuentro de su hermano, y al encontrarlo descubrieron que todo estaba bellamente preparado, era un hermoso campamento en un claro despejado y de pasto frondoso y suave y allí comieron y platicaron mucho y Saein hizo muchas falsas promesas que lo hacían sentirse superior y omnipotente, más aún sabiendo el destino que había preparado para sus hermanos.
Ya en la noche, cuando todos descansaban para partir de regreso en la mañana, Simnarid intentaba convencer a Saein que detuviera su plan, porque no quería que se manchara las manos con ese crimen, pero este estaba decidido y planeaba disfrutar de su traición. Así que él mismo llevó a la tienda de los reyes una pequeña olla llena de un líquido espeso, oscuro y volátil, que había descubierto hace ya muchos años, encendió una pequeña mecha y esperó que el crimen se consumara. Pero esto no ocurrió, pues Simnarid intervino ante el asombro de su amo y se arrojó sobre la olla en el momento que el fuego ya entraba en contacto con ella, derramándola y empapándose ella misma con esa extraña agua, que se inflamó quemándole el rostro, el cuello y las manos.
El escándalo fue mayor y los reyes volvieron a las montañas enfurecidos y desconcertados. Pero aunque su plan había fallado, nada le importó a Saein, pues él ahora sólo se preocupaba de Simnarid y del daño que le había causado. Y Saein comprendió su amor y le correspondió, llevándola lejos, para cuidarla por siempre y ser sus ojos y su sirviente. Y nunca más se supo de Saein.
CAPÍTULO OCHO: Bashoo y la forja de Sophos
Con el tiempo Bashoo se repuso y comenzó a acompañar a Nuein, quien de a poco lo consideró como a un hijo y lo llevó a vivir a su casa. Bashoo no hablaba demasiado pero se interesaba mucho en el arte de los metales que aprendía con inaudita facilidad, y pese a que no era de gran contextura, parecía que el metal se moldease a sus pensamientos. Tantas fueron las jornadas que pasaron juntos que un día Bashoo le confesó a Nuein su pasado.
La familia de Bashoo era pequeña, y no recordaba haber visto la luz del sol, pues pasó toda su vida junto a sus padres sirviendo a una clase de ingeos que vivían más al norte y muy profundo bajo la tierra. Pero la familia de ingeos a la que servían, cada vez más se separaba de los demás e incluso comenzaron a ir por sobre la tierra por cavernas que solo ellos conocían. Estos ingeos tenían extraños poderes, incluso entre sus semejantes, y de ellos había visto la magia de moldear los elementos y se había impregnado de un poco de ella. Pero ocurrió que un día sus padres decidieron huir para que Bashoo pudiera crecer libre, pero sólo él consiguió escapar y desconocía la fortuna última de sus padres, quienes habían sido heridos y recapturados. Sólo el gran sol que alumbraba ese día le permitió escapar, pues a los ingeos les costaba verlo en esas condiciones.
Era tan grande el afecto de Bashoo por su nuevo padre que para su cumpleaños número 50 decidió entregarle un regalo que había preparado por muchos meses y por el cual se sentía profundamente agotado aunque feliz. Ese día en la gran fiesta en honor a los reyes Nuein y Yahaan, el regalo del joven fue el momento cumbre y llenó de asombro a todos
Padre, en agradecimiento a todo tu amor y cuidado te entrego mi más grande obra, Sophos, el Martillo de las Entrañas de la Tierra – anunció Bashoo con gran emoción en medio de la multitud.
La admiración de todos fue mayor cuando, Nuein tomó el martillo, de proporciones colosales, del mismo color que los ojos de Bashoo pero con hermosos adornos como las raíces más profundas del árbol más longevo. Y luego otros quisieron levantar a Sophos pero nadie lo conseguía sólo, y recién entre diez hombres pudieron levantarlo. Sólo para Nuein, el martillo resultaba liviano y dócil.
CAPÍTULO SIETE: La Torre de Cristal
Los hermanos eran mirados con respeto por su aspecto distinguido y por la extraña forma en que habían llegado. Yahaan era reacia a revelar su pasado. Pasaba largas horas cuidando a su hermano y a ratos compartía con las mujeres enseñándoles sus artes, a preparar perfumes, a cuidar lo alimentos, a confeccionar nuevos vestidos e incluso les contaba historias y cantaba canciones que hacían que el tiempo transcurriera con mayor suavidad y sigilo. Tal era su carácter, que pronto se ganó el amor de la gente de Visinar. Pero mientras su hermana ganaba fama, Nuein vagaba en profundos y cálidos sueños, e inconscientemente colocaba sus manos en la piedra, como tratando de hundir sus dedos en ella, y fue así que aprendió a escuchar a la madre tierra, y la madre tierra le reveló los secretos de la montaña y el arte que moldeaba esos secretos.
Un día finalmente Nuein despertó y en sus ojos brillaba un fuego nuevo, parecía más fuerte y decidido, y las personas comprendieron que era un signo de divinidad.
Los habitantes de Visinar conocían los metales y los usaban para sus rústicas armas, pero lo que Hein sabía nadie más lo sabía, así que juntó muchos hombres y excavaron profundo, encontraron nuevos minerales y realizaron nuevas aleaciones. Y cavaron nuevamente y brotaron las piedras preciosas. Y Nuein enseño a todos los que se le acercaban la forma de trabajar los metales, y con el tiempo los hermanos se convirtieron en los señores de Visinar y los hombres se reunían alrededor de su mesa.
Los hermanos consiguieron la amistad de los ingeos del bosque, en parte por su carácter afable y bondadoso y en parte por las hermosas joyas que fabricaban. Y fue así que que la fama de los hermanos creció tanto que su gloria llegó hasta las costas que los vieron crecer, a oídos de su hermano menor Saein y de su tío Emerein, hermano de su difunto padre, Hein.
A la muerte de Hein, producida por la pena de la pérdida de su esposa y el exilio de sus hijos más queridos, Emerein se volvió poderoso y contra su naturaleza se volvió ambicioso y siempre miraba las estrellas tratando de adivinar el porvenir.
La buena fortuna de los hermanos no causo gracia en Saein y Emerein. Pues veían que su propio pueblo no progresaba y en cambio su amor por la vida había menguado desde la partida de los dos jóvenes humanos. Así que Emerein convenció a los ingeos que le eran fieles de construir una gran torre que fuera el orgullo de su pueblo, le diera fama y le permitiera estar más cerca de el cielo que tanto anhelaba. Y fue así que acabada la torre todos los ingeos se reunieron y se admiraron cuando Emerein coronaba la torre con su más grande invento, los cristales que le permitían ver muy lejos hacia las profundidades del cielo. Y la llamó la Torre de Cristal.
CAPÍTULO SEIS: El pueblo de las nubes
Nuein siempre había amado los árboles al igual que su hermana, por lo cual adentrarse en el bosque no molestó, sin embargo Yahaan no se sentía a gusto, y a medida que transcurrían los días y las frutas que había recolectado antes se acababan, comenzaron a pasar hambre y sed y empezaron a temer.
Nuein, creo que debemos volver cuanto antes
Tú sabes que ya no tenemos casa y además en los bosques no hay maldad, sólo hemos tenido mala suerte- le respondió a Yahaan.
¡Pero Nuein, acá hay especies, que afuera de este bosque siempre están llenos de esas pequeñas frutas y cerezas, pero las que encontramos acá no dan nada!
Nuein sabía lo que quería decir su hermana y también sabía que eso no era natural, pues cuando Yahaan se había adelantado en el camino aprovechó de revisar mejor los arbustos y se dio cuenta de que alguien los había recolectado. Sus temores se acrecentaban en la noche pues escuchaba conversaciones que parecían crujidos a lo lejos pero siempre alrededor. Sabía que algo andaba mal.
Un día la fortuna dejó de serles esquiva por un momento, y encontraron por fin alimento. Como si un único vástago de la tierra los amase y les diese sus regalos. Y más allá, en medio del bosque, encontraron lo que más anhelaban, agua, un hermoso estanque, quieto y cristalino, de aguas frías por la cercanía de la montaña. El primero en beber fue Nuein, y lo hizo largamente y luego comenzó a hacerlo Yahaan, pero su hermano no tardó en caer abatido de cara al lago, por lo que tuvo que rescatarlo como pudo.
Nuein estaba inconsciente pero aún en ese estado se le veía sufrir, Yahaan sin embargo, no había perdido el sentido pues no alcanzó a beber mucho, pero el dolor era evidente en su cuerpo y debió descansar esperando que este pasara y que su hermano se reincorporara. Al caer la noche Yahaan se sobresaltó pues la despertaban con brusquedad, creyó que era su hermano pero en cambio vio un ser de rasgos largos y duros, de apariencia verdosa y de piel áspera como la corteza de uno de los tantos árboles de la espesura. Su nombre era Jerkrej.
Jerkrej era un ingeo, que había vivido junto a su pueblo en ese bosque desde hace mucho tiempo. Su pueblo se había hecho parte del bosque y lo resguardaban. Estos ingeos conocían el mal del hombre y le explicó a Yahaan que ellos se había encargado de privarles del alimento para desalentarlos y que se fueran, sin embargo a él no le parecía que los hermanos fueran malos y había faltado a su labor y no había limpiado uno de los arbustos, para que ellos pudieran comer y no desfallecieran. Yahaan le agradeció mucho pero aún se mantenía preocupada por la salud de su hermano que incluso en sueños se retorcía del dolor. Lo que Yahaan no sabía era que Jerkrej hacía esto por amor hacia ella, pues él había sido el primero en ver a los hermanos llegar y había sido cautivado por su gracia y belleza, sin embargo, él no podía hacer nada para mejorar a Nuein del envenenamiento, pues sólo los sabios de su pueblo conocían el secreto, y el aún era un ingeo joven.
Luego de charlar Jerkrej tomó a Nuein sobre sus anchos hombros y lo cargó hasta el final del bosque, pues sabía que la vida de su amada corría peligro si permanecían ahí, aunque él también sabía que ya no podría volver pues se había convertido en un traidor. De esta forma el joven ingeo los llevó por entre los secretos caminos de la montaña hasta donde vivían los hombres, el pueblo de las nubes, que había sobrevivido a la cólera del diluvio. Sin embargo los tres fueron emboscados y Jerkrej perdió su vida a manos de un grupo de vigilantes que lo tomaron por una amenaza, y ni las lágrimas de Yahaan pudieron revivir a su salvador cuyo cuerpo veía perderse en la lejanía, mientras era llevada en custodia junto a su hermano, hacia el último pueblo de los humanos.
CAPÍTULO CINCO: El regreso del mar y la marcha a las montañas
Al poco tiempo ocurrió algo que nadie esperaba, y fue que Shahaam advirtió que iba a tener un hijo, de su propia sangre, lo que la llenó de amor y felicidad, pero este gozo no fue suficiente para salvarla de un parto difícil, de modo que ese día la tristeza embargó a los ingeos y el corazón de Hein se rompió en mil pedazos, por lo que el nacimiento del niño Saein estuvo cubierto por la amargura.
Con el paso de los años Saein fue creciendo, siempre con el estigma de la muerte de su madre y a la sombra de sus hermanos mayores, que no sólo lo superaban en fama sino también en gracia. Finalmente un día, superado por sus celos, Saein obligó a su padre a que expulsara a sus hermanos, lejos de él, a lo que Hein accedió, pues conociendo a su hijo de sangre, quería evitar que este siguiera acrecentando su odio, pues sospechaba como todo podía terminar. Por lo que fue así que Nuein y Yahaam partieron así las montañas, llevándose con ellos el amor de los ingeos, con la falsa misión de ir a descubrir nuevas tierras.
sábado, 27 de diciembre de 2008
CAPÍTULO CUATRO: La cuna mecida por el mar
Hubo ingeos llenos de melancolía cuyos corazones se resistían a la idea de abandonar las aguas que los habían visto nacer. Estos igneos amaban la costa, pues sentían que ahí conseguían estar en contacto con todas las maravillas de la naturaleza. Y estos igneos además debían de cuidar de su siempre abundante descendencia.
Ocurrió un día en que Hein y Shahaan, novio y novia, contrajeron matrimonio, coronando sus frentes de pequeñas flores que se abrieron en todo su esplendor como bendiciendo su amor, por lo que todos supieron que aquellos ingeos no serían como los demás y que serían grandes. Pero la fortuna fue esquiva con Hein y Shahaan, pues aunque Hein era capaz se hacer brotar la más marchita semilla, no conseguía hacer florecer en Shahaan la luz de la vida.
Existía también otra ingea, de largos años, costumbres solitarias y vaporeos cabellos. Su nombre hace mucho tiempo había sido olvidado, pero en esas ocasionales veces que hablaba con alguien, se hacía llamar a si misma “quien escucha a la madre tierra”, y tal era su condición que predijo un día la visita de Hein y Shahaan, y así ocurrió.
Sentada bajo el más viejo árbol que hubiesen visto se encontrada la ingea, con sus largos y delicados dedos hundidos en la tierra como si fueran raíces y desde esa posición los miraba. Shahann rompió en llanto y Hein se sintió avergonzado, pero quien escucha, que conocía el camino que debían seguir, los envió hacia el mar, advirtiéndoles del peligro pero que sólo ahí encontrarían la felicidad. Y para despedirlos sacó una de sus manos de la tierra y le entregó a Shahaan un pequeño y enfermo brote para que ella lo cuidara.
Ante la congoja del pueblo ingeo, sus amados Hein y Shahaan partieron hacia su destino, a través del mar que antaño los vio nacer, pero que ahora los rodeaba celoso y traicionero. Casi un año habían viajado, y a pesar de que sus cuerpos se sentían desfallecer, Shahaan había cumplido su promesa y había cuidado el pequeño brote, que había cobrado nuevo vigor y su corteza se tornaba de un hermoso color plateado que parecía hacer más brillante la luz del sol. Y así fue como en el último de sus esfuerzos, llegaron hasta un lugar en que el oleaje era suave y acompasado y comprendieron que aquel lugar estaba custodiado por el poder de la madre tierra, pues no era otra cosa que los restos del ser primogénito, aquel bello árbol pionero que era el amor del cielo y de la tierra. En ese lugar se reconfortaron de su cansancio y supieron que ese sería el hogar del brote que Shahaam cuidaba, y al desprederse de él sus ojos vieron lo que jamás habían visto, como un hechizo aparecieron ante sus ojos dos pequeños bebés humanos, niño y niña, que la madre tierra había salvado del gran diluvio, muchísimo tiempo atrás, de la mirada del cielo inquisidor y del paso inexorable del tiempo.
CAPÍTULO TRES: De Los Otros Herederos
Y llovió, cayó agua por días y noches, semanas, hasta que los ríos crecieron y desvordaron sus causes, los mares volvieron al lugar que alguna vez estuvieran y se regocijaron de encontrarse con las planicies que alguna vez dejaran para dar paso a la vida. El agua subía y ocupaba los campos, los alimentos escacearon y muchos murieron, ahogados, enfermos, por inhanición. Y luego de que el diluvio acabara la tierra quedó desierta, y el verde nuevamente la cubrió. Y así fue por mucho tiempo.
Fue entonces que la tierra volvió a poblarse de sonidos, y ellos vinieron del mar, desde muy lejos a través de las aguas, llegaron nuevos seres hermosos, que hicieron más bellos los parajes de la superficie terrestre, y se llamaron a sí mismos ingeos, y cuidaron de ella y del cielo por largo tiempo.
Luego de que los ingeos llegaran por primera vez a la tierra, nuevos seres de la misma especie llegaron a ocuparla, cuyo verde amaban tanto, y del cual algunos se hicieron pastores, y así se separaron en distintas estirpes, todas ramas de un mismo árbol, y de muchos no se supo nunca nada pues marcharon buscando lugares hermosos aún no descubiertos en el cual establecerse. Construyeron grandes ciudades y cultivaron los campos, siempre en armonía con el cielo y la tierra, aprendieron a comunicarse con ellos sin palabras, escuchando sus silencios, entendiendo sus caprichos, observando lo imposible, y es que todo lo que no tenía sentido parecía ser más hermoso, y ellos comprendían que no necesitaban comprender para que sucediera tal y como sucedía, no se necesita una razón para que el árbol crezca, ni para que las aves vuelen, ni mucho menos para que el río vaya al mar, o para que el sol salga todos los días. Entonces la nueva era dio comienzo y volvió a nacer como la vez en que se formara y llegara aquel ser insertando el capricho de la vida.
Y los ingeos tuvieron descendientes y poblaron la faz de la tierra, y mucho tiempo paso antes que las estirpes se encontraran nuevamente, esta vez no con las mismas preocupaciones que con las que habían llegado en aquella primera vez, pero esa es otra historia, que no viene al caso contar, no por ahora.
Nota: Este capítulo fue publicado con anterioridad en el siguiente blog: http://jqro.blogspot.com
CAPÍTULO DOS
La historia comienza con un cuenta cuentos.
Erase una vez – dijo el viejo, aunque bien sabía que ésta no era una historia de las que inician así.
Cuando el mundo era joven y los humanos no pisaban la faz de la Tierra, un ser bajó de entre los astros a las profundidades de este mundo. El forastero se encontró con una tierra nueva y fértil y plantó una semilla para ver si era capaz de abrigar la vida y luego marchó a mundos lejanos– continuó diciendo.
La tierra albergó a la semilla y la abrigó ayudándola a crecer, el cielo quiso ayudar también y lloró de felicidad, derramando agua sobre ella, para saciarle la sed. Aquella semilla creció libre y sana, sin maleza que la asfixiara, ni parásitos que la debilitaran, y emergió de las profundidades de la tierra, aferrándose a su madre con una de sus manos y tratando de tocar a su padre con la otra, y volvió a unir a aquellos que una vez se habían separado al inicio de los tiempos. Así la madre feliz le proporcionó sustento a su hijo, y el padre dichoso lo alimentó con el jugo de la vida, entonces la antes pequeña semilla se convirtió en un frondoso árbol, el primero, que se extendía sobre la faz del planeta para acercar a su madre y su padre, sus largos brazos que apuntaban al cielo se poblaron de hojas para que su padre se deslizara delicadamente entre ellas, y sus brazos que se internaban en las profundidades se dividieron un millón de veces en pequeños dedos, en raíces, para que su madre no se erosionara. Y pasaron muchos años así, el árbol fortaleciéndose bajo el seno de su madre y la mirada atenta de su padre, fue entonces que descendió de los cielos como una gran luz y cayó sobre él, por un instante la noche se hizo día, aquella sensación cálida que que había sentido hacía tan solo unos momentos se convirtió en un dolor insoportable que crecía y crecía colándose en su interior y haciendo crepitar y chillar del dolor producido, una tenue luz iluminó la oscuridad y creció hasta convertirse en una gran flama que ardía consumiendo a aquel único ser sobre la faz de la tierra, entonces el cielo desesperado sopló para salvar a su moribundo hijo, pero sus intentos fueron en vano, mientras más intensos eran sus soplidos más se propagaba aquella llama consumiendo a su hijo, la tierra urgió a sus mares y lagos a salvar a su hijo, mas no lograba llegar a él, entonces en una medida desesperada se desprendió de una parte de ella y la envió al firmamento a acompañar al cielo que enloquecido no se había dado cuenta de lo sucedido, y aquella nueva tierra que ahora giraba alrededor de donde se encontraba antes de ser lanzada al espacio atrajo el agua hacia donde se encontraba su herido hijo y levantó las mareas y el cielo lloró y juntos lograron apagar a aquella llama, pero el árbol herido cayó en un largo sueño del que algún día despertaría, mas eso no ocurrió. Pero en el sitio donde antes había caído aquel rayo habían brotado nuevas semillas hijas de aquel magnífico ejemplar, y por mucho tiempo el cielo y la tierra no lo notaron, pues estaban muy tristes por la pérdida del que había sido su único hijo. Entonces esa nueva tierra que giraba alrededor de la gran madre prometió no volver a bajar pues estaba devastada, pero como aún amaba a su hijo siempre permaneció sobre su ahora dormida cabeza y decidió acompañarlo e iluminarlo por las noches por si algún día despertaba y quería jugar.
Nota: Este capítulo fue publicado originalmente en el siguiente blog: http://jqro.blogspot.com
Capítulo Uno
No se sabe a ciencia cierta que es lo que había antes del tiempo, algunos dicen que nada, otros cuentan que existía otro mundo, distinto del que vivimos ahora, si bien nadie sabe que era aquello, todos están de acuerdo en que existía quietud y tranquilidad. Entonces algo ocurrió, un hito marcó un lugar y el caos desató al tiempo, que comenzó a correr inexorablemente creando presentes, pasados y futuros.
La quietud fue reemplazada por un constante ajetreo, todo lo que antes estaba inamovible, ahora se agitaba con tal violencia que podría haber acabado con lo que hoy conocemos como universo, la negrura espesa que lo envolvía todo, se quebró, un rayo iluminó lo que estaba comenzando a crecer, y grandes montes se erigieron dejando grandes agujeros en el lugar en el que antes estaban, la vibración que lo había agitado todo cesó, y luego de la abismante calma que surgió, un gran rugido rajó el cielo y lo separó de la tierra, y de ese agujero emergió un torrente de agua que se lanzó triunfante por la recién creada tierra y atiborró el cielo de nubes, que al condensarse se precipitó nuevamente sobre aquellos recién nacidos montes, los grandes cañones que se había formado fueron repletos de inquieta agua, y mientras todo esto sucedía en la tierra, en los alrededores emergían por doquier bolas incandescentes que giraban despidiendo pequeños trozos de rocas en todas las direcciones.
El movimiento antes caótico se transformó en una danza, las esferas de fuego giraban, algunas en torno a otras bailando al son de sonidos frescos y jóvenes, formando figuras y formas, todo era nuevo y maravilloso, cada desplazamiento estaba planeado para crear, una bola de luz se acercó estrepitosamente hacia el agujero del que aún salía agua y con su calor evaporó lo que restaba por salir formando numerosos nubarrones que se alejaron de aquel lugar, la luz y el calor proveniente de aquella esfera, ahora suspendida en el cielo, evitaba ver la danza del resto de las nuevas estrellas, pero sólo fue momentáneo porque como si se lo hubiesen pedido, ahora el sol avanzó recorriendo el cielo permitiendo ver nuevamente la danza que seguía su curso en el resto del universo. Y de aquella incertidumbre nació la vida y se llenó la tierra de sonidos.
Nota: Este capítlo fue publicado con anterioridad en http://jqro.blogspot.com