domingo, 28 de diciembre de 2008

CAPÍTULO OCHO: Bashoo y la forja de Sophos

Por entre las piedras, cansado y de apariencia desgraciada llegó Bashoo a Visinar. Una vez allí fue recogido por los guardias y llevado a la casa de reposo para que se recuperara. Bashoo era de piel más oscura que lo normal y de ojos grisáceos, casi blancos. Nuein se interesó mucho en el chico pues parecía lleno de grandes penas e irradiaba algo que era muy difícil de explicar, pero que al rey Nuein le pareció familiar.

Con el tiempo Bashoo se repuso y comenzó a acompañar a Nuein, quien de a poco lo consideró como a un hijo y lo llevó a vivir a su casa. Bashoo no hablaba demasiado pero se interesaba mucho en el arte de los metales que aprendía con inaudita facilidad, y pese a que no era de gran contextura, parecía que el metal se moldease a sus pensamientos. Tantas fueron las jornadas que pasaron juntos que un día Bashoo le confesó a Nuein su pasado.

La familia de Bashoo era pequeña, y no recordaba haber visto la luz del sol, pues pasó toda su vida junto a sus padres sirviendo a una clase de ingeos que vivían más al norte y muy profundo bajo la tierra. Pero la familia de ingeos a la que servían, cada vez más se separaba de los demás e incluso comenzaron a ir por sobre la tierra por cavernas que solo ellos conocían. Estos ingeos tenían extraños poderes, incluso entre sus semejantes, y de ellos había visto la magia de moldear los elementos y se había impregnado de un poco de ella. Pero ocurrió que un día sus padres decidieron huir para que Bashoo pudiera crecer libre, pero sólo él consiguió escapar y desconocía la fortuna última de sus padres, quienes habían sido heridos y recapturados. Sólo el gran sol que alumbraba ese día le permitió escapar, pues a los ingeos les costaba verlo en esas condiciones.

Era tan grande el afecto de Bashoo por su nuevo padre que para su cumpleaños número 50 decidió entregarle un regalo que había preparado por muchos meses y por el cual se sentía profundamente agotado aunque feliz. Ese día en la gran fiesta en honor a los reyes Nuein y Yahaan, el regalo del joven fue el momento cumbre y llenó de asombro a todos

Padre, en agradecimiento a todo tu amor y cuidado te entrego mi más grande obra, Sophos, el Martillo de las Entrañas de la Tierra – anunció Bashoo con gran emoción en medio de la multitud.

La admiración de todos fue mayor cuando, Nuein tomó el martillo, de proporciones colosales, del mismo color que los ojos de Bashoo pero con hermosos adornos como las raíces más profundas del árbol más longevo. Y luego otros quisieron levantar a Sophos pero nadie lo conseguía sólo, y recién entre diez hombres pudieron levantarlo. Sólo para Nuein, el martillo resultaba liviano y dócil.

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