domingo, 28 de diciembre de 2008

CAPÍTULO NUEVE: El concilio de los hermanos

Se aproximaba un aniversario más de la muerte de Shahaan, la madre y Saein invitó a sus hermanos de las montañas, Nuein y Yahaan a un Concilio, para hacer las paces y volver a ser hermanos. Sin embargos los propósitos de Saein y de su tío era distintos. Deseaban acabar con la suerte de los reyes y aunque su tío hubiese preferido un método más drástico para con ellos, Saein lo había convencido de que su método iba a ser ideal.

El plan de Saein sólo era conocido por su sirvienta de más confianza, casi de la misma edad que el, que lo había acompañado durante su vida y lo había acompañado en los días en que su dolor era amargo. Simnarid era su nombre, y los años habían hecho que amara al ingeo que era Saien. Y aunque mucho lo amaba, su amo no lo sabía. Y aunque mucho lo consolara, no le gustaba la idea cruel y violenta que pretendía realizar Saien.

Por su parte los reyes de la montaña estaban ilusionados con el reencuentro con su hermano menor, y se sentían felices de que pudiera existir unión desde las costas hasta las altas cumbres. Fue así que bajaron los reyes al encuentro de su hermano, y al encontrarlo descubrieron que todo estaba bellamente preparado, era un hermoso campamento en un claro despejado y de pasto frondoso y suave y allí comieron y platicaron mucho y Saein hizo muchas falsas promesas que lo hacían sentirse superior y omnipotente, más aún sabiendo el destino que había preparado para sus hermanos.

Ya en la noche, cuando todos descansaban para partir de regreso en la mañana, Simnarid intentaba convencer a Saein que detuviera su plan, porque no quería que se manchara las manos con ese crimen, pero este estaba decidido y planeaba disfrutar de su traición. Así que él mismo llevó a la tienda de los reyes una pequeña olla llena de un líquido espeso, oscuro y volátil, que había descubierto hace ya muchos años, encendió una pequeña mecha y esperó que el crimen se consumara. Pero esto no ocurrió, pues Simnarid intervino ante el asombro de su amo y se arrojó sobre la olla en el momento que el fuego ya entraba en contacto con ella, derramándola y empapándose ella misma con esa extraña agua, que se inflamó quemándole el rostro, el cuello y las manos.

El escándalo fue mayor y los reyes volvieron a las montañas enfurecidos y desconcertados. Pero aunque su plan había fallado, nada le importó a Saein, pues él ahora sólo se preocupaba de Simnarid y del daño que le había causado. Y Saein comprendió su amor y le correspondió, llevándola lejos, para cuidarla por siempre y ser sus ojos y su sirviente. Y nunca más se supo de Saein.

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